miércoles, 29 de marzo de 2017

¿Y cómo hace un cuerpo para quedarse en un lugar cuando la voluntad le susurra al oído el nombre de un no lugar asequible a medio metro de distancia...?

miércoles, 1 de marzo de 2017

Pedazos

Una gota de helado de crema americana cae sobre el dorso de su mano cuando ella le cuenta con ojos brillantes de su pasión. Él roza con su índice distraídamente la mancha y se lame el dedo, divertido mientras la escucha, asintiendo durante el relato. Nada vuelve a ser tan íntimo y espontáneo como ese instante compartido de su primera cita.

viernes, 17 de febrero de 2017

Abrir y cerrar

Da una mirada antes de salir del departamento. Piensa que últimamente los viernes de Enero son todos iguales. La rutina la aplasta horriblemente; la semana la encuentra siempre tramando la innovación, sin importar cuán pequeña sea. Hoy es menester ponerle pilas a esa guirnalda de luces que aún no estrena y prender una vela para sumir en luz cálida los ambientes. Repite mentalmente lo que tiene que comprar porque es sabido: suele ser la que olvida un ítem indispensable para luego recorrer góndolas hablando sola mientras hace listas mentales. Memoria fotográfica, eso es lo que tiene. Repasa polaroids mentales de alacenas, estantes y placares buscando *eso* que se escurrió de su conciencia.

“Pilas doble A, fósforos, velas; pilas doble A, fósforos, velas” es el mantra que le toca hoy; se lo repite susurrando al tiempo que esquiva al gato que, por criarse con el perro, copió ese vicio de estar siempre en el medio de los pies. Hoy fue día de poner orden y los ambientes no estarán tan presentables hasta la próxima semana. Porque sí, el orden dura lo que la estadía de la visita y el desorden es inversamente proporcional a la presencia. Leyó en algún lado que ya no recuerda, pero siempre cita, que las personas desordenadas son las más creativas y que, en el propio desorden, su creador se entiende; que hay que destruir para construir. Tanto le gustan las palabras, que racionalizaciones de ese calibre abundan detrás de cada hipótesis, volviéndolas a sus ojos casi casi irrefutables.

Echa la última mirada antes de salir; quizás haya algo que agregar al mantra. Sacude el celular para ver la hora. Perdió el botón de encendido y ahora sólo puede activar la pantalla con el detector de movimiento. Son las 19:33. Menos de dos horas. Caza la billetera de un manotazo y cierra la puerta al salir.

Se mira las manos. No hay llaves. No hay picaporte del lado de afuera. Quedó encerrada, paradójicamente, fuera de su casa.

“¡La puta que me parió! Hay que ser boluda, eh”. No puede parar de visualizar una imagen tragicómica en su cabeza: se ve despeinada y sucia, con ropa de entrecasa y ojotas, sentada en la entrada del edificio mientras lo ve llegar de punta en blanco… Pero ojo, con las pilas para la guirnalda que hoy DEBÍA usar. Viernes. 19:46.

Porque la expedición, ya que estaba fuera, empieza en el kiosco de la cuadra para comprar baterías. Rauda, prosigue en un locutorio intentando contactar a alguien por Facebook. Murphy, que se las sabía todas, ya lo había predicho: tu mejor amigo que vive a 4 cuadras, tiene copia de tus llaves pero justo el día que las necesitás, él está de viaje… en Brasil. También cuenta con otra máxima que reza: tu familia vive conectada a los todos los medios de comunicación pero nadie atiende el teléfono cuando llamás por una urgencia. Termina al borde del colapso en la entrada del edificio pidiéndole ayuda al portero que, milagrosamente, está todavía de guardia y promete llamar a algún cerrajero que venga a abrir la puerta. “Tengo a las mascotas adentro”, suelta ella como excusa por la urgencia.

Afortunadamente, el cerrajero cierra a las 20:00, queda cerca y puede acercarse a gritar “¡ábrete, sésamo!” O a hacer la magia que deba, no está segura. Y cuando llega… cuando llega abre la puerta con una radiografía doblada con la que empuja el pestillo. Ella se quiere morir un poco porque piensa que fue una solución tan simple. El cerrajero dice livianamente que debe agradecerle a su suerte que haya sido tan fácil porque una abertura blindada es siempre una complicación.

El viernes transcurre, pasado el episodio, como todos los últimos viernes. Eso sí: con guirnalda de luces. Descontado que olvidó las velas y los fósforos, ¿no?

Febrero la encuentra con las mismas preguntas y pensando en abandonar las innovaciones. La meseta del aburrimiento le resulta soporífera y examina opciones que la sacarían de la conformidad para arrojarla de cabeza fuera de la zona de confort. Febrero decide que un martes, recién llegada de dar unas vueltas con el perro, la puerta se trabe sola con un sorpresivo click al introducir la llave en la cerradura no blindada. El cerrojo blindado hace tres años no funciona y la llave no se puede sacar de la cerradura. Es inexplicable que se haya girado sola del lado de adentro. “No te la puedo creer, ¿otra vez?”, le dice al perro. “Quedate ahí que ya vengo”.

Se le cae la cara de la vergüenza cuando le dice al mago de las llaves si la recuerda, que el mes anterior se quedó afuera y le abrió pero que esta vez piensa que será peor porque ahora sí se cerró la blindada y no hay llave que abra; es inexplicable, ¡la cerradura está rota…! El cerrajero hace su magia con la radiografía doblada y la puerta está, efectivamente, trabada porque el pestillo del cerrojo blindado se giró media vuelta; se ven los tres barrotes apenas asomados cuando consigue abrirla. El cerrajero insiste en su buena suerte. Y esta vez repara la cerradura. Entonces sí, piensa que sin dudas, Marzo la encontrará preparada. Todo lo puede.

Un Viernes de Febrero rompe con el esquema instaurado hasta entonces para insinuar una alternativa. Hoy es una novedad pero ella ya lo ve venir: en un mes será parte de la masa amorfa de estos Viernes consecutivos y clonados, sujetos a mínimas innovaciones. De cualquier modo, aún no está lista para salir eyectada de la zona de confort y recibe la novedad con brazos bien abiertos. Los ajustes, estimada, siempre traen consecuencias.

Él le escribe pasada la novedad para contarle que se quedó fuera de su casa en condiciones similares a las suyas, sin llaves y sin celular. Que salió a dar vueltas por el barrio nuevo en el que reside hace poco, esperando tener suerte de encontrar ese sábado cerca de las 19:00 un mago que con una radiografía doblada le abra la puerta. Que Murphy no pensó sólo en ella cuando escribió que la portadora de la copia de sus llaves está en Brasil como estaban las tuyas. A él también le dicen que tuvo suerte.


El universo, o la energía que todo lo toca y une, se le está riendo en la cara. Interpretame esta causalidad con racionalizaciones, a ver qué tal te va. Fijate cómo encaja en la masa amorfa y clonada de tus últimos viernes. Decime con qué aperturas y cierres están fingiendo demencia. ¿O no entendiste la indirecta?

viernes, 15 de julio de 2016

Música de epifanía en E2 que puedo cantar a capella golpea mi cabeza. Compartimos la ducha y lo miro. Primera vez que lo percibo varonil. Lo veo enjuagarse el shampoo con ojos cerrados, barba de 5 días y tez más oscura que la mía. Quiero una foto así: hago un click mental y cual post it, la adhiero al enjambre de imágenes que conservo de todo lo que fue y es.

Yo podría enamorarme de un hombre así.

jueves, 23 de junio de 2016

Estar en el mar en bikini poniendo la espalda cuando viene la ola. Que haga frío y aún así ponerle onda. Reírme y hacer morisquetas hasta que viene una ola grande y me tira a la mierda. Terminar con el corpiño de la bikini de sombrero y agarrándome la bombacha para que no se me vea el culo.
Al principio es hilarante pero se acaba la gracia en el momento en que no terminás de arreglarte y te pega una ola atrás de la otra. Una. Tras. Otra. Te revuelca por la arena con conchilla, esa que te hace frutillas en las rodillas. Escupís agua y se te llena de arena la vida.
Justo ahí pensás en las pausas. Porque del mar no querés salir. Pero ¡qué bien vendría hacer una planchita al sol por un ratito...!

miércoles, 13 de abril de 2016

Buscá a alguien que le dé silencio a tu ruido ensordecedor. Que le ponga música a tus vacíos y luz a tus miedos.

sábado, 2 de abril de 2016

¿Cuántas excusas necesitás para tocarme?

martes, 28 de mayo de 2013

Adiós, Roto! Yo no soy una Descosida después de todo


Querido Roto,

Desisto de tu arribo.

Pensarte por tanto tiempo ha sido fantástico porque en mi mente nos hemos divertido y hemos crecido mucho. La realidad son espejitos de colores y me devuelven un reflejo que no me convence. Entendeme: le vengo pidiendo a San Google un traductor de metafórico a literal hace rato y aún no lo desarrollan. Y quedo fuera de juego incluso antes de empezar a jugar, ¡estas reglas no las quiero entender! No quiero entender estos manejos emocionales grotescos en cualquier relación humana, la necesidad de crear problemas porque hay aburrimiento, las negociaciones para ver quién se lleva la mejor tajada.

Yo le estoy pifiando, Roto. Yo no soy de tu palo. Yo quiero cuándos, cómos, y dóndes. Y te encantan los peros, los tal vez y los no sé.

Chau, Roto! Gracias por todo!

Marianela.

viernes, 1 de marzo de 2013


Querido Roto,

Necesito que me pases tu correo electrónico porque quiero desviarte el reporte del servicio meteorológico donde afirman que hoy se viene tremenda tormenta. Telepatía, conexión en sueños, no sé, apelo a tu capacidad de improvisación, manejalo. A ver si te convenzo, vos que andás haciéndote el galán por ahí, vaya una a saber dónde!

Te sigo poniendo la placa roja:

ESTAMOS A VEINTE DÍAS DEL OTOÑO.

Eso significa que está al venir la nueva temporada de pantuflas, futón, frazada y pochoclos. Vení así como sos que para cambiarte está el resto del mundo!

Libremente tuya,

Descosida.

Más amor para Roto


Man in photo: "Oh, you know her."
Nino: "Since when?"
Man in photo: "Since always. In your dreams."

Roto es como Nino. Yo estoy siempre en sus sueños y sabe quién soy, pero se le olvida. Ay, este Roto...!


21 de Febrero 2013

Querido Roto,

Esta es mi placa roja a lo Crónica:

FALTA UN MES PARA EL OTOÑO.

Yo no veo que estés más cerca que antes. El día de hoy fue un adelanto de todas las lluvias con pelis y pochoclos bajo una frazada que podremos compartir en el futón si le metés pata.

Libremente tuya,
Descosida.


sábado, 23 de febrero de 2013

Tempos


Hay estaciones en las que me gustaría volver a las tardes en las que caminábamos buscando conejos en los árboles. Contemplábamos el río con ojos cerrados y compartíamos silencios. Nos abrimos hacia el mundo a través de las manos. Y comimos masitas naturistas de la lata que cargabas en la mochila. Porque vos sos del interior; no les decís galletitas.

Hay segundos fugaces en los que añoro que me encuentres distraída y volver a oír la frase: “porque yo estoy dividido entre lo terrenal y lo espiritual, ¿entendés?” mientras me mirás con naturalidad de lleno a los ojos. Recuerdo un *click* cerebral previo a un colapso de toda esa pared que yo ponía para separarme de los otros. El ladrillo que empujaste suavemente sin saberlo hizo volar todo por el aire. Responderte que te entendía; estábamos sintiendo sincronizadamente.

Hay noches de insomnio en posición fetal en las que fantaseo que, entredormido, estirás el brazo para encontrarme. Que cuando me descubrís tan pequeña en un rincón de nuestro mundo me envolvés en un abrazo. Y tu mano me tapa el agujero en el ombligo por el que se me estaba escapando la luz. Entonces, respiro.

Hay eternidades: nuestra boca, nuestro sexo, el pulsar de la sangre en tu mano sobre mi vientre.

Son donde quiero permanecer.

domingo, 17 de febrero de 2013

A Roto, en el día de los enamorados

Querido Roto,

Feliz día un pomo. Hace un año que te escribo y te hacés el otario. ¿Así es como pretendés recibir mi amor cuando llegues? Mirá que las flores se marchitan y los bombones se comen; las palabras se las lleva el viento o te las roba un Desarmado atorrante y me lleva consigo si con sus actos las acompaña. 

Yo te regalaría mi amor realista, porque es mi mejor forma de amarte. Porque sólo somos verdaderamente libres y amados si nos vemos francos... y enteros.

¡Tantas lluvias y pochoclos (o lluvias de pochoclos) que nos estamos perdiendo...!

Libremente tuya,
Descocida.

sábado, 16 de febrero de 2013

Querido Insomnio:

Me encanta que me visites cuando te ponés a trabajar con mi creatividad. Hacen cosas tan lindas que me emociona verlos desafiarse mutuamente. Ahora, esto de que le des celos porque se te ocurre coquetear con lo-que-no-tiene-nombre cuando sabés muy bien que creatividad se muere de amor por él me perturba. Dado que sos mi huésped, te voy a pedir encarecidamente que no agites ese avispero, te dejés de hacer el cocorito porque no da y hagas las pases con ella, así la energía se encauza hacia algo con propósito y significado. Copate, no te hagas rogar y colaborá con la causa.

Te mando almohadas de plumas, para que relajes.

Descosida.

jueves, 14 de febrero de 2013

De mis cartas a Roto y su falta de respuesta

8 de Febrero, 2012:
Querido Roto,
No me interesa tanto pasar los días de San Valentín juntos porque bien sabés que lo cursi me aburre. Pero no te permito que nos volvamos a perder de hacer cucharita en una noche I-DE-AL (sí, con mayúscula y silabeado; yo sé que así entendés el énfasis) como la de lluvia torrencial que escucho desde la ventana en este preciso momento.
Libremente tuya,
Descocida

25 de Febrero, 2012:
Querido Roto,
¡Dónde estás! ¿Acaso olvidaste el pedido que te hice respecto de las tormentas? El olor a lluvia que entra por la ventana de mi habitación es embriagante. Se dibujan círculos minúsculos sobre el lienzo de mi pared. Vos todavía andás por ahí perdido y yo pensando en todo lo que nos estamos perdiendo. Te espero con una caja de Pandora.
Libremente tuya,
Descocida

25 de Junio, 2012
Maldita sea, Roto! ¿Dónde estás cuando una Descosida te necesita...? Hoy me hubiese acurrucado en tu regazo para que me acaricies el pelo. Así esto no va a funcionar

 

miércoles, 30 de enero de 2013

Yo quiero que seas la sonrisa de la que no tengo retorno.

Agarrarte del cuello de la remera o las solapas de la camisa, la campera y besarte mientras silabeo sobre tus labios que ¡meen.can.tás! para que estalles de la risa.

Enroscarme en esta cinta de Moebius en la que te sonreís, te beso, te hablo, te reís, te beso, te hablo, te reís... ad infinitum

Sorprendeme. De yapa te llevás mis ojos que, dice el reflejo, tienen alas. Y luces.

Como las luciérnagas.

jueves, 24 de enero de 2013


Estamos llegando a la esquina; vos estás en la mejor parte de la historia. Me divierte lo que me estás contando, la forma en la que lo hacés. Te sonrío de costado, sin mostrarte los dientes porque todas las palabras se me van a salir volando como mariposas si amago con despegar los labios.

Pero te agarro desprevenido porque no puedo con mi genio. Suelto un juego de palabras y me tapo la boca mientras me contengo la risa. Mis pies se rehúsan a seguir caminando. Tus manos se paralizan en el aire, como si estuviésemos jugando a las estatuas. Tus ojos hacen movimientos rápidos de izquierda a derecha, los brazos se te caen a los costados y automáticamente reís. A carcajadas. Nos doblamos de risa mientras nos agarramos la panza con las manos en plena esquina céntrica. Hora pico.

El semáforo cambia para darnos el paso. Como si contásemos con años de práctica, percibo que tu mano se desliza firme en la mía para entrelazarme los dedos y acto reflejo, podría jurar que siento tu abrazo, tus manos envolviéndome la cintura, tu barba de dos días en el cuello haciéndome cosquillas.

Entonces lo entiendo todo: tu lenguaje silencioso que me cuenta, atorrante, que ya lo sabías, que me ves desde que nos conocimos. Y toda nuestra intimidad se ve reducida a estos centímetros de piel.

miércoles, 14 de noviembre de 2012

viernes, 21 de septiembre de 2012

Erotic me

- Andá a tocarle el timbre.
- ¿A quién?
- A la imaginación, ¿a quién más? 
- Qué problema.
- ¿Por qué?
- Porque me va a atender.

Suena un timbre en algún lugar del universo y él, sorprendido por la hora, baraja opciones. En algún sitio recóndito de su mente especula con la posibilidad de que sea ella. Es tarde, afuera llueve torrencialmente y en ocasiones piensa que todo puede ser posible. Se observa: lleva pantalones de jean y el torso descubierto, el pelo desordenado... ¿qué más da? Es un Sábado de calor sofocante y son las cuatro de la madrugada. Lo incierto lo llama.

Dobla cuidadosamente la esquina superior de la hoja en el libro que leía. Se levanta del sillón, dejando la cerveza helada en el piso y se encamina a la puerta. Nota su agitación: está conteniendo la respiración hace dos minutos. Apoya su mano derecha sobre el marco de la puerta y la izquierda se posa, vacilante, sobre el picaporte. Exhala. Inhala, insufla su metro noventa y cinco de coraje y abre la puerta lentamente.

Ahí estaba ella.

Acodada sobre el marco de la puerta, el pelo larguísimo cayendo con leves ondulaciones, chorreando agua. Un pantalón cuadriculado en blanco y negro como segunda piel, una camisa blanca y abierta apenas para levantar sospechas sobre lo que debajo se esconde y zapatillas teen. Una ceja levantada y una mirada risueña.

- Hola, extraño -, sonríe ella.
- Hola - , murmura él por lo bajo. - Pasá. Llueve y estás mojada. ¿Tomás algo?

Ella le deja un beso húmedo de lluvia en la comisura del labio, un aleteo suave, y entra. Él cierra la puerta detrás de ella, incredúlo aún de tenerla parada en el centro de su universo privado. La contempla. Ella inclina su cabeza y se sacude el pelo. Cuando la levanta, el pelo enrulado cae por todos lados en mayúsculo desorden. Recorre con la miradael lugar y la sigue, con pasos cortos, buscando música y pone el disco favorito de él.

- Te acepto un té con azúcar.
- ¿Cómo llegaste hasta acá?

Él baja sus defensas al escuchar la primera canción del vinilo que suena y se escabulle a la cocina en un intento por disimularlo. Ella escucha ruido a la distancia: puertas que se abren, bisagras que rechinan. Resoplidos. Él se asoma por la puerta.

- Té no tengo -, dice con vergüenza.

Ella sólo sonríe. Él va hasta la habitación y le acerca una toalla para que se seque. Se la tiende, tímido.

- Ponete cómoda.

Ella lo mira con un aire que él no puede definir si es picardía o genuina sorpresa.

- Vos me llamaste... ¿no te acordas que me dijiste cómo llegar? -, le explica mientras agarra la toalla y se seca las manos, la pasa suavemente por su panza y después la hace recorrer la parte posterior de sus orejas y su cuello. La tiende sobre el sillón con un cuidado que a él lo conmueve. Le pide permiso y se saca las zapatillas, descubriendo unas uñas rojo sangre impecables. Cae en la cuenta de la hora, el día y el lugar.

- ¿Interrumpí algo? -, le dice, buscando en su cara algún atisbo de enojo.
- No. Sólo leía porque no puedo dormir. Ya sabés, el insomnio de verano -, contesta con la voz quebrada. - Pero ahora que lo pienso, tenés razón. Te llamé, aunque no creí que vinieras. Con vos nunca se sabe. - 

Se acerca a ella y le pasa suavemente la mano por el pelo hasta dejar un mechón detrás de la oreja. Con la otra mano la acerca hacia él, casi con desesperación contenida y le susurra.

- Te deseo.
Ella se muerde apenas el labio inferior, despacio. El suspiro fue un cálido hálito que la invadió por completo, una exhalación ajena que ahora es su inspiración. Apoya sus palmas algo frías sobre el pecho de él, que se estremece y le dibuja espirales descendentes hasta llegar al límite de su pantalón. Suena una música suave. Lo acerca un poco más, despacio. Le rodea el cuello con los brazos y lo invita a bailar. Apoya su nariz en la de él y lo mira al centro mismo de sus ojos. Murmura a dos centímetros de su boca, pronunciando cada sílaba.

- Yo también te deseo.

Suena el saxo de fondo. No hay instrumento para ambos más sensual. Él la toma por la cintura y ya no la deja separarse de su cuerpo. La besa castamente primero, hambriento después. Él sube sus manos hasta el cuello de ella y la acaricia. Desprende los botones de la camisa y se la quita lentamente. Ahora están iguales. Ambos sienten el calor de sus cuerpos rozándose. Desprende el sostén que se desliza al suelo cuando ella deja caer sus brazos a ambos lados. Ella lo empuja lentamente hacia el sillón y caen, uno encima del otro. Ella siente que se atropella con su propio deseo. Ansiosa, le toma la cara con ambas manos y lo devora, recorre con su lengua sus labios, sus dientes, el paladar de principio a fin. Baja su mano derecha por el pecho de él, las uñas deslizándose con una leve presión, mientras la mano izquierda se pierde en su pelo. Está arrodillada sobre él, le recorre ahora el cuello con la lengua, muerde sus orejas y vuelve por el mentón, muerde y lame sus hombros tan suaves y marcados. La mano izquierda de ella empuja suavemente la cabeza de él hacia un costado y recorre toda la línea del cuello con lamidas, besos y mordidas. Su mano derecha se deslizó delincuente hacia su pierna, apretándose contra la piel.

Él se deja hacer, completamente rendido. Acaricia con sus manos la espalda desnuda de ella. Abre los ojos, la mira fijo y desliza su boca por el cuello de ella. Se sienten suspiros que emanan dulces por la boca de ella. Él ataca su talón de Aquiles: con la boca recorre su cuello. Ella se le deshace en los brazos. Baja hasta sentir el calor de sus pechos y permanece, indeciso, en el plexo solar de ella, aspirando el perfume penetrante a sándalo, madera y lluvia. La respira una, dos, tres veces y con sus manos recorre la espina dorsal hasta llegar a sus caderas. Con movimientos suaves baja por sus piernas y las aprieta contra las suyas. Vuelve a subir hasta la cintura de ella y sus manos se pierden dentro de su pantalón. Y es una guerra con la tela, los botones y la piel. Las manos de ella se juntan sobre el pecho de él, se despega sólo un poco, pensando en lo próximo que vendrá. Bajan sus manos hasta el botón del jean y lo desprenden. Ella se incorpora; de un decidido tirón lo despoja de sus pantalones y de la timidez que quizás le quedaba. Sonríe de lado y le levanta una ceja. Se aleja dos pasos y le da la espalda. Al compás de otro saxofón, se deshace de sus propios pantalones, contonéandose sensual mientras bajan las piernas de tela de a cinco centímetros por vez: derecha, izquierda, derecha, izquierda. Y de tanto en tanto, le dirige una mirada que es toda lengua y dientes. Él se regocija en el sillón, sus brazos descansan a su lado y no hace ningún esfuerzo para disimular la erección contundente de sus boxers negros. Los pantalones llegan al piso, ella levanta un pie por vez, y los patea, arrugados, a un costado. Se vuelve con paso felino y se encarama decidida sobre él mientras le agarra con una mano los brazos detrás de la espalda; lo siente entre sus piernas incontenible. Dibuja círculos con su cadera sobre su hombría, siempre siempre con esa sonrisa de lado y mirándolo fijo a los ojos, desafiante.

El movimiento de ella hace que él se excite, suspire. Siente el calor húmedo de la entrepierna de ella en su miembro. Expectante, aguarda el preciso momento de penetrarla. No todavía. Se desplaza con un rápido movimiento por debajo de ella, y ella queda arrodillada sobre el sillón, sometida a él, mirando hacia la pared con las manos apoyadas en el respaldo. Él baja más aún, con las manos toma sus nalgas y hunde su boca en su sexo. Siente su humedad. Su lengua roza los labios y las aprieta. La conjugación de sentidos no podría ser más perfecta. Afuera la lluvia incesante exalta las aguas internas de ella. La música la transporta y su piel es la mayor superficie de goce. Kilómetros de placer la envuelven. Lo siente recorriéndola, tan seguro, y estruja el sillón entre sus manos. Lo quiere todo: sentirlo dentro, morderlo, besarlo, lamerlo, recorrerlo. Él sube por su pubis. Ella levanta una pierna. Con una fuerza animal, lo agarra de la mano, lo incorpora tironéandole el pelo, mordiendo el hueco de la clavícula. Lo empuja, lo atrae hacia sí, lo empuja de nuevo y lo tira sobre la cama. Él se sorprende que ella pueda empujarlo de esa forma con tan poca estatura. Luego piensa en sus caderas anchas, en la espalda que sostiene sus pechos erectos, sus pezones como confites. Todas las fichas caen en su lugar. Ella se desliza vibrante sobre su pecho hacia abajo, su boca buscando su miembro para lamerlo en círculos y envolverlo suavemente con sus labios.

Él la siente mojada, cálida, serpenteante en su miembro y se deshace de placer. La lluvia golpea el techo cada vez más fuerte y la excitación llega al límite. La agarra por los brazos y la reincorpora sobre él. Necesita entrar en ella. Su miembro, muy duro, penetra lentamente, se sumerge en el más profundo placer cuando ella lo recibe con un suspiro hondo. Cabalga sobre él despacio para remarcar cada sensación. Apoya las manos una a cada lado del cuello de él, sin cejar en el ritmo y se muerde los labios mientras lo mira. Se incorpora, apresura el paso poco a poco. La cadencia y la fuerza van in crescendo.

Él la agarra por la cintura, la apreta contra su cuerpo y gira sobre ella, dejándola boca arriba con las piernas sobre los hombros de él. La penetración se hace más profunda y los gemidos invanden el cuarto. Ella arruga con sus manos las sábanas y cierra los ojos. La conexión con el goce es inefable y está perdida en algún lugar. Su cuerpo es todo sensación que late. Cierra los ojos para concentrarse sólo en lo que está pasando entre dos cuerpos anónimos. Él la embiste con brutalidad animal, le dice vulgaridades, las piernas a ella se le estremecen, le tiemblan sin control y no lo escucha. Él acaba en un último embate profundo mientras ella arquea su cabeza hacia atrás, todo su cuerpo pegado al cuerpo de él y exhala como si fuera su último suspiro: desde lo más profundo de las entrañas.

domingo, 9 de septiembre de 2012

Yo no quiero que me beses los pies


Yo no quiero que me beses los pies.

Quiero que me beses en los labios y que los desgarres con pasión si fuese necesario. Que las lenguas peleen y que además se busquen en una danza que va y viene de tu boca a la mía. Que me muerdas el hueco de la clavícula si podés y que me atraigas hacia vos porque no, te es imposible tener mis células lejos de las tuyas por más de lo que dura un suspiro si estamos en la misma habitación. Y si vas a lamerme, que sea como a un helado o un pote de dulce de leche pequeño, con la lengua ancha y golosa buscando incluso ahí donde no llegás. Y me dibujes círculos por dentro y por fuera. Que te desesperes por desgarrarme la remera y así y todo te tomés dos minutos en descubrir el campo de trigo que se va erizando a medida que sube la tela. Que se te llene la garganta de palabras y quieras gritarlas todas juntas. Que no entiendas por qué, que sepas el cómo y que tengas la seguridad del cuándo. Que dejes los zapatos al lado de la puerta y que cuelgues para que respire en mi perchero tu cerebro para que charle con el mío. Que quieras todo el cuerpo que te espera y por eso, no sepas por dónde empezar. Que quieras abarcarme toda y no puedas. Y quieras aún así intentarlo.

sábado, 10 de marzo de 2012


Ella tiene algo que la hace diferente. No sé si es el timbre de su voz, su amplia y cálida sonrisa, los ojos atentos y pícaros que te observan en tu conjunto cuando hablás...



Ella invita a la confidencia.


Y siempre algo excéntrico... sucede.

¡¡Ella es una colección de historias fantásticas para narrar!!