viernes, 21 de septiembre de 2012

Erotic me

- Andá a tocarle el timbre.
- ¿A quién?
- A la imaginación, ¿a quién más? 
- Qué problema.
- ¿Por qué?
- Porque me va a atender.

Suena un timbre en algún lugar del universo y él, sorprendido por la hora, baraja opciones. En algún sitio recóndito de su mente especula con la posibilidad de que sea ella. Es tarde, afuera llueve torrencialmente y en ocasiones piensa que todo puede ser posible. Se observa: lleva pantalones de jean y el torso descubierto, el pelo desordenado... ¿qué más da? Es un Sábado de calor sofocante y son las cuatro de la madrugada. Lo incierto lo llama.

Dobla cuidadosamente la esquina superior de la hoja en el libro que leía. Se levanta del sillón, dejando la cerveza helada en el piso y se encamina a la puerta. Nota su agitación: está conteniendo la respiración hace dos minutos. Apoya su mano derecha sobre el marco de la puerta y la izquierda se posa, vacilante, sobre el picaporte. Exhala. Inhala, insufla su metro noventa y cinco de coraje y abre la puerta lentamente.

Ahí estaba ella.

Acodada sobre el marco de la puerta, el pelo larguísimo cayendo con leves ondulaciones, chorreando agua. Un pantalón cuadriculado en blanco y negro como segunda piel, una camisa blanca y abierta apenas para levantar sospechas sobre lo que debajo se esconde y zapatillas teen. Una ceja levantada y una mirada risueña.

- Hola, extraño -, sonríe ella.
- Hola - , murmura él por lo bajo. - Pasá. Llueve y estás mojada. ¿Tomás algo?

Ella le deja un beso húmedo de lluvia en la comisura del labio, un aleteo suave, y entra. Él cierra la puerta detrás de ella, incredúlo aún de tenerla parada en el centro de su universo privado. La contempla. Ella inclina su cabeza y se sacude el pelo. Cuando la levanta, el pelo enrulado cae por todos lados en mayúsculo desorden. Recorre con la miradael lugar y la sigue, con pasos cortos, buscando música y pone el disco favorito de él.

- Te acepto un té con azúcar.
- ¿Cómo llegaste hasta acá?

Él baja sus defensas al escuchar la primera canción del vinilo que suena y se escabulle a la cocina en un intento por disimularlo. Ella escucha ruido a la distancia: puertas que se abren, bisagras que rechinan. Resoplidos. Él se asoma por la puerta.

- Té no tengo -, dice con vergüenza.

Ella sólo sonríe. Él va hasta la habitación y le acerca una toalla para que se seque. Se la tiende, tímido.

- Ponete cómoda.

Ella lo mira con un aire que él no puede definir si es picardía o genuina sorpresa.

- Vos me llamaste... ¿no te acordas que me dijiste cómo llegar? -, le explica mientras agarra la toalla y se seca las manos, la pasa suavemente por su panza y después la hace recorrer la parte posterior de sus orejas y su cuello. La tiende sobre el sillón con un cuidado que a él lo conmueve. Le pide permiso y se saca las zapatillas, descubriendo unas uñas rojo sangre impecables. Cae en la cuenta de la hora, el día y el lugar.

- ¿Interrumpí algo? -, le dice, buscando en su cara algún atisbo de enojo.
- No. Sólo leía porque no puedo dormir. Ya sabés, el insomnio de verano -, contesta con la voz quebrada. - Pero ahora que lo pienso, tenés razón. Te llamé, aunque no creí que vinieras. Con vos nunca se sabe. - 

Se acerca a ella y le pasa suavemente la mano por el pelo hasta dejar un mechón detrás de la oreja. Con la otra mano la acerca hacia él, casi con desesperación contenida y le susurra.

- Te deseo.
Ella se muerde apenas el labio inferior, despacio. El suspiro fue un cálido hálito que la invadió por completo, una exhalación ajena que ahora es su inspiración. Apoya sus palmas algo frías sobre el pecho de él, que se estremece y le dibuja espirales descendentes hasta llegar al límite de su pantalón. Suena una música suave. Lo acerca un poco más, despacio. Le rodea el cuello con los brazos y lo invita a bailar. Apoya su nariz en la de él y lo mira al centro mismo de sus ojos. Murmura a dos centímetros de su boca, pronunciando cada sílaba.

- Yo también te deseo.

Suena el saxo de fondo. No hay instrumento para ambos más sensual. Él la toma por la cintura y ya no la deja separarse de su cuerpo. La besa castamente primero, hambriento después. Él sube sus manos hasta el cuello de ella y la acaricia. Desprende los botones de la camisa y se la quita lentamente. Ahora están iguales. Ambos sienten el calor de sus cuerpos rozándose. Desprende el sostén que se desliza al suelo cuando ella deja caer sus brazos a ambos lados. Ella lo empuja lentamente hacia el sillón y caen, uno encima del otro. Ella siente que se atropella con su propio deseo. Ansiosa, le toma la cara con ambas manos y lo devora, recorre con su lengua sus labios, sus dientes, el paladar de principio a fin. Baja su mano derecha por el pecho de él, las uñas deslizándose con una leve presión, mientras la mano izquierda se pierde en su pelo. Está arrodillada sobre él, le recorre ahora el cuello con la lengua, muerde sus orejas y vuelve por el mentón, muerde y lame sus hombros tan suaves y marcados. La mano izquierda de ella empuja suavemente la cabeza de él hacia un costado y recorre toda la línea del cuello con lamidas, besos y mordidas. Su mano derecha se deslizó delincuente hacia su pierna, apretándose contra la piel.

Él se deja hacer, completamente rendido. Acaricia con sus manos la espalda desnuda de ella. Abre los ojos, la mira fijo y desliza su boca por el cuello de ella. Se sienten suspiros que emanan dulces por la boca de ella. Él ataca su talón de Aquiles: con la boca recorre su cuello. Ella se le deshace en los brazos. Baja hasta sentir el calor de sus pechos y permanece, indeciso, en el plexo solar de ella, aspirando el perfume penetrante a sándalo, madera y lluvia. La respira una, dos, tres veces y con sus manos recorre la espina dorsal hasta llegar a sus caderas. Con movimientos suaves baja por sus piernas y las aprieta contra las suyas. Vuelve a subir hasta la cintura de ella y sus manos se pierden dentro de su pantalón. Y es una guerra con la tela, los botones y la piel. Las manos de ella se juntan sobre el pecho de él, se despega sólo un poco, pensando en lo próximo que vendrá. Bajan sus manos hasta el botón del jean y lo desprenden. Ella se incorpora; de un decidido tirón lo despoja de sus pantalones y de la timidez que quizás le quedaba. Sonríe de lado y le levanta una ceja. Se aleja dos pasos y le da la espalda. Al compás de otro saxofón, se deshace de sus propios pantalones, contonéandose sensual mientras bajan las piernas de tela de a cinco centímetros por vez: derecha, izquierda, derecha, izquierda. Y de tanto en tanto, le dirige una mirada que es toda lengua y dientes. Él se regocija en el sillón, sus brazos descansan a su lado y no hace ningún esfuerzo para disimular la erección contundente de sus boxers negros. Los pantalones llegan al piso, ella levanta un pie por vez, y los patea, arrugados, a un costado. Se vuelve con paso felino y se encarama decidida sobre él mientras le agarra con una mano los brazos detrás de la espalda; lo siente entre sus piernas incontenible. Dibuja círculos con su cadera sobre su hombría, siempre siempre con esa sonrisa de lado y mirándolo fijo a los ojos, desafiante.

El movimiento de ella hace que él se excite, suspire. Siente el calor húmedo de la entrepierna de ella en su miembro. Expectante, aguarda el preciso momento de penetrarla. No todavía. Se desplaza con un rápido movimiento por debajo de ella, y ella queda arrodillada sobre el sillón, sometida a él, mirando hacia la pared con las manos apoyadas en el respaldo. Él baja más aún, con las manos toma sus nalgas y hunde su boca en su sexo. Siente su humedad. Su lengua roza los labios y las aprieta. La conjugación de sentidos no podría ser más perfecta. Afuera la lluvia incesante exalta las aguas internas de ella. La música la transporta y su piel es la mayor superficie de goce. Kilómetros de placer la envuelven. Lo siente recorriéndola, tan seguro, y estruja el sillón entre sus manos. Lo quiere todo: sentirlo dentro, morderlo, besarlo, lamerlo, recorrerlo. Él sube por su pubis. Ella levanta una pierna. Con una fuerza animal, lo agarra de la mano, lo incorpora tironéandole el pelo, mordiendo el hueco de la clavícula. Lo empuja, lo atrae hacia sí, lo empuja de nuevo y lo tira sobre la cama. Él se sorprende que ella pueda empujarlo de esa forma con tan poca estatura. Luego piensa en sus caderas anchas, en la espalda que sostiene sus pechos erectos, sus pezones como confites. Todas las fichas caen en su lugar. Ella se desliza vibrante sobre su pecho hacia abajo, su boca buscando su miembro para lamerlo en círculos y envolverlo suavemente con sus labios.

Él la siente mojada, cálida, serpenteante en su miembro y se deshace de placer. La lluvia golpea el techo cada vez más fuerte y la excitación llega al límite. La agarra por los brazos y la reincorpora sobre él. Necesita entrar en ella. Su miembro, muy duro, penetra lentamente, se sumerge en el más profundo placer cuando ella lo recibe con un suspiro hondo. Cabalga sobre él despacio para remarcar cada sensación. Apoya las manos una a cada lado del cuello de él, sin cejar en el ritmo y se muerde los labios mientras lo mira. Se incorpora, apresura el paso poco a poco. La cadencia y la fuerza van in crescendo.

Él la agarra por la cintura, la apreta contra su cuerpo y gira sobre ella, dejándola boca arriba con las piernas sobre los hombros de él. La penetración se hace más profunda y los gemidos invanden el cuarto. Ella arruga con sus manos las sábanas y cierra los ojos. La conexión con el goce es inefable y está perdida en algún lugar. Su cuerpo es todo sensación que late. Cierra los ojos para concentrarse sólo en lo que está pasando entre dos cuerpos anónimos. Él la embiste con brutalidad animal, le dice vulgaridades, las piernas a ella se le estremecen, le tiemblan sin control y no lo escucha. Él acaba en un último embate profundo mientras ella arquea su cabeza hacia atrás, todo su cuerpo pegado al cuerpo de él y exhala como si fuera su último suspiro: desde lo más profundo de las entrañas.

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