sábado, 23 de febrero de 2013

Tempos


Hay estaciones en las que me gustaría volver a las tardes en las que caminábamos buscando conejos en los árboles. Contemplábamos el río con ojos cerrados y compartíamos silencios. Nos abrimos hacia el mundo a través de las manos. Y comimos masitas naturistas de la lata que cargabas en la mochila. Porque vos sos del interior; no les decís galletitas.

Hay segundos fugaces en los que añoro que me encuentres distraída y volver a oír la frase: “porque yo estoy dividido entre lo terrenal y lo espiritual, ¿entendés?” mientras me mirás con naturalidad de lleno a los ojos. Recuerdo un *click* cerebral previo a un colapso de toda esa pared que yo ponía para separarme de los otros. El ladrillo que empujaste suavemente sin saberlo hizo volar todo por el aire. Responderte que te entendía; estábamos sintiendo sincronizadamente.

Hay noches de insomnio en posición fetal en las que fantaseo que, entredormido, estirás el brazo para encontrarme. Que cuando me descubrís tan pequeña en un rincón de nuestro mundo me envolvés en un abrazo. Y tu mano me tapa el agujero en el ombligo por el que se me estaba escapando la luz. Entonces, respiro.

Hay eternidades: nuestra boca, nuestro sexo, el pulsar de la sangre en tu mano sobre mi vientre.

Son donde quiero permanecer.

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